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Medwave 2009 Feb;9(2):e3776 doi: 10.5867/medwave.2009.02.3776

El taxista e I Pagliacci

The taxi driver and I Pagliacci

Vivienne C. Bachelet Norelli

En un día de verano santiaguino soleado y caluroso, como a eso de las 10 de la mañana, me dirigía a mi oficina. Estaba contenta porque el buen tiempo me pone de buen humor. Manejaba mi auto tranquila, sin apuro, escuchando Radio Beethoven. El trayecto de mi casa a la oficina es corto, por lo que mi estado de ánimo era relajado y confiado.

Al doblar para entrar a la calle donde está ubicada mi empresa, veo que hay una patrulla de Carabineros estacionada. Bah, me digo a mí misma. Quizás qué habrá pasado.

Sigo andando y no veo nada especial.

Veinte metros más adelante me corresponde virar a izquierda para entrar a mi estacionamiento subterráneo. Sin embargo, tal cosa me fue impedida ya que había un taxi destartalado que se había instalado justo al frente de mi ingreso. Estaba tapando por completo el acceso a mi estacionamiento, pero yo venía relajada y sin ánimo de discutir con nadie. Veo que sobre el techo del taxi había una cantidad no despreciable de tubos de PVC que dos personas estaban descargando con toda calma. Ah, pensé, seguramente están haciendo arreglos en alguna oficina del edificio. Los conserjes del edificio nada habían hecho para impedir que el taxi se pusiera atravesado obstaculizando por completo el acceso.

Pero como yo tenía que ingresar y esto me era impedido, toqué suavemente la bocina de mi auto para llamar la atención acerca de mi arribo. En eso asoma desde detrás del taxi…el taxista.

Antes de proceder con la descripción del sujeto, debo aclarar que soy una persona de ideas progresistas, suelo no tener mayores prejuicios cuando me enfrento a la gente. Además, soy médico y ejercí durante muchos años en clínica, atendiendo gente muy humilde. Pero este señor, el taxista, fue un golpe fuerte para mis ojos.

El hombre, de mediana edad, vestía desgarbadamente, tenía una contextura corpulenta, con bastante sobrepeso, qué duda cabe, ponchera cervecera de sedentarismo frente a incontables partidos de fútbol. Estaba desaseado, despeinado y descuidado. Su aspecto era francamente temible. Su actitud era de amenaza. Sus ojos eran pequeños y fruncidos, con mirada atenta y defensiva. Se erguía como una sombra oscura de ominosos vaticinios, con sus hombros anchos y cejas espesas sobre una tez grasienta y marcada por un envejecimiento prematuro.

Al verme, tras mi cortito bocinazo, se me viene encima con actitud amenazadora. Desde el otro lado del taxi surge el cliente cuyos objetos estaban siendo descargados. Quizás se conocían desde antes, pues se acercó al taxista para calmarlo. Lo tomó de los hombros con gentileza y lo recondujo hacia el taxi nuevamente, a la vez que me hacía gestos de que ya iban a permitir mi ingreso.

Yo pensé, ingenuamente, que el conserje vendría a mi ayuda o que el taxista se iba a subir al auto para sacarlo de esa posición obstruccionista a mi paso. Pero no, tomó un andar burlonamente lento y sin ningún apuro siguió descargando la mercadería.

Ahora ya los pensamientos me invaden rápidamente. Miro al espejo retrovisor y confirmo que la patrulla de Carabineros está 20 metros más atrás. Envalentonada por su presencia, y deseando entrar de una vez por todas a mi estacionamiento, vuelvo a tocar la bocina.

El taxista reacciona de inmediato. Con actitud francamente feroz, gira su cuerpo hacia mí y se dirige con determinación a mi ventanilla. Su rostro mostraba furia y desprecio.

Como el día era soleado y era aún mañana, yo tenía la ventanilla abierta. Al verlo acercarse a mí, incrédula por su actitud hostil a pesar de que las circunstancias territoriales no favorecían el actuar de este hombre, me sale la italiana y le digo “¡mal agestado!”.

El taxista no alcanzó a escucharme del todo, o quizás no entendió la palabra, pero intuyó que lo que le había dicho era ofensivo. Se viene hacia mí levantando los brazos y musitando incoherencias coloquiales que no capté. En ese momento nuevamente se acerca su cliente/amigo y literalmente le soba la espalda para tranquilizarlo y se lo lleva medio abrazado de vuelta al taxi.

Tuve que esperar que terminaran toda su maniobra de descarga para poder entrar, cosa que hice unos minutos después.

Pero me quedé pensando.

¿Qué tipo de sociedad tenemos en Chile que cría engendros de este tipo? ¿Era ese un hombre o un animal? Duro, enfurecido, hostil, amenazador frente a una mujer sola, a pesar de la presencia de Carabineros pocos metros más atrás.

Se me inundó la cabeza de interrogantes: ¿qué crianza habrá tenido el taxista? Me imaginaba el trato en su familia de pequeño, a base de insultos, golpes y gritos, con la certeza de que jamás alguien le hubiese enseñado buenas maneras, amabilidad. ¿Cómo podría ser amable si lo más probable es que nunca haya sido tratado con amabilidad por sus seres significativos?

Y…otras preguntas. ¿Cuánto tendrá que invertir este país en generar entornos familiares y comunitarios más amables que puedan contrarrestar esta herencia de relaciones disfuncionales, descalificadoras y odiosas que se han entronizado en nuestro tejido social?

Y pensaba en el programa Chile Crece Contigo que la presidenta con tanto orgullo ha levantado. Por razones de mi trabajo he conocido gente que lleva a cabo este programa, su mística y su dedicación a esta profunda necesidad de intervenir desde lo más temprano, incluso desde el vientre materno, para enseñar y educar a las madres y padres sobre lo que se ha dado llamar competencias “parentales” (demasiadas lecturas de trabajos anglosajones terminan por contaminar nuestra lengua).

Pero mi pregunta más dolorosa era: ¿cuántos programas, cuántos recursos, cuánto compromiso, serán necesarios para que nuestra sociedad deje de presentarnos cotidianamente sujetos como el taxista? Yo creo que este esfuerzo, y otros que se hacen todos los días desde las organizaciones comunitarias, en las familias bien constituidas, desde las iglesias y tantas otras instancias de interrelación social, son sólo una gota en un mar de inequidades, desventajas y violencia aprendida desde la cuna.

Superar una realidad como esta, creo yo, demanda un esfuerzo de país demasiado grande. Es como librar una guerra contra un enemigo que no se muestra. Necesitamos movilizar todos, repito, todos nuestros recursos para instalar una nueva noción de civilidad, de humanidad, de aprecio por el prójimo, de gentileza, de urbanidad.

Hay países que han hecho estos esfuerzos y los frutos están a la vista. Países escandinavos, como Suecia, donde viví 2 años y medio de pequeñita. Ya en los años sesenta se había legislado en contra del uso del castigo corporal sobre los niños. Ya en los años sesenta no se permitía que niños menores de 12 años vieran películas como “La Novicia Rebelde” porque inculcaba el odio hacia los nazis, decían las autoridades.

Son muchas medidas de este tipo y una intervención masiva, total, completa sobre el tejido social, con profesionales debidamente entrenados, con campañas comunicacionales permanentes desde el Estado, con piezas claves de legislación, con una articulación exhaustiva y permanente entre los sectores claves en esta materia - educación y salud - que quizás, con el tiempo nos pueda acercar a ser una sociedad menos hostil, menos desgarrada entre los que tienen y los que quedan fuera, out.

Al taxista lo vi como un animal, sin conciencia, sin mesura, sin razón.

Mi dolor está puesto, sin embargo, en que mi país ha consentido que nuestros hijos devengan en estos animales inconcientes. La responsabilidad es nuestra, partiendo por quienes permiten que haya dos países en uno, dos saludes, dos educaciones, dos sistemas de transportes, y una profunda segregación territorial que no hace más que perpetuar, con la venia de los sistemas de poder, la laceración que cruza este largo territorio.

Nada de lo que se ha hecho hasta ahora podrá siquiera rascar la superficie de la tensión que porta ese hombre. Nada. Por eso ya me cansan los discursos retóricos de “un Chile mejor”, de “igualdad de oportunidades”, “protección social”, y tantas palabras que sólo se las lleva el viento.

Espero que algún día podamos decir “la commedia e’ finita” y mostrar a nuestros hijos que hemos sido capaces de construir una sociedad integrada, finalmente civilizada.

 

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